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sábado, 9 de enero de 2010

Haya más allá del APRA







Lucía Benavides

A Víctor Raúl Haya de la Torre le gustaba citar a Aristóteles diciendo “el hombre es un animal político”, para luego agregar “si no es político, se queda en animal”. ¿Cómo hablar del hombre entonces, más allá de la política?

Conocí a Víctor Raúl escuchando sus discursos en las plazas de los libros de historia, ubicadas convenientemente bajo subtítulos como “APRA” o “Política del siglo XX”. Luego conocí a otro Haya, un hombre familiar que hacía esperar en la calle a la política mientras almorzaba en la casa de mis abuelos años antes de que yo naciera. No tocaba la política en la casa, me cuenta mi tía Blanca Benavides de Morales.

El hombre de familia

Víctor Raúl no se casó ni tuvo hijos. Quizá buscando la familia que no creó visitaba a su prima Mercedes, mi bisabuela, en su casa de la avenida Arequipa y luego en la casa de mis abuelos, en Miraflores. Eran como hermanos —me dice mi abuela, Elsa Ganoza de Benavides—: muy unidos desde criaturas.

Mercedes de la Torre es una constante en la vida de Víctor Raúl. Los dos nacieron en 1895 en Trujillo y murieron uno después del otro, los dos a los ochenta y cuatro años. Hablaban casi todas las mañanas por teléfono —por horas, añade mi abuela—, hasta cuando Haya estaba asilado en la Embajada de Colombia. Mientras Víctor Raúl estuvo preso en el Panóptico, Mercedes le mandó todos los días la vianda, temiendo que lo envenenaran. Cuando Haya residía en Roma, viajaron juntos por Europa acompañados por mi bisabuelo Eduardo Ganoza y mi tía Florencia Cabrera. Villa Mercedes, la casa de Vitarte donde Víctor Raúl residió los últimos veinte años de su vida, pertenecía a mi bisabuela. Porque Haya no tenía dinero —explica mi tía Blanca—; cabeza es lo que tenía —agrega mi abuela—.

Mi tía Blanca recuerda que cuando era chica, sentada en la misma mesa donde ahora yo la entrevisto, se impresionaba al ver que Víctor Raúl se paraba en la mitad del almuerzo y recitaba una poesía, y después la mamama Mercedes contestaba otra, y así seguían. Valdelomar, Vallejo… empezaban y no paraban.

Tenía una memoria de elefante —exclama mi abuela—, y de qué no sabía el Viejo. Le hablabas de la China —me dice mi abuelo, Alberto Benavides de la Quintana— y sabía de la China. Le hablabas de la India, sabía de la India: que su religión, que sus costumbres, todo sabía.

Era un hombre interesantísimo —comenta mi tía Blanca—; con decirte que yo tenía muchos amigos antiapristas, de familias antiapristas, y venía Víctor Raúl y me decía que quería reunirse con un grupo de mis amigos, y no se hablaba nada de política, absolutamente nada de política; nos podíamos quedar hasta las dos, tres de la mañana. Él hablaba y todos se quedaban con la boca abierta.

Cuenta mi abuelo que cuando tenía como cuarenta años leyó Ariel, del uruguayo José Enrique Rodó. Justo cuando acababa de terminar de leer el libro lo llamó su suegra, Mercedes, y le preguntó si podía ir a almorzar a su casa, que Víctor Raúl iba a ir. Ésta es la mía —pensó mi abuelo—: le voy a hablar de Ariel y de Rodó. Pero no lo fue. Lo sabía mejor que yo —dice mi abuelo, impresionado todavía después de tantos años—. Yo lo acababa de leer, pero él sabía todo y se acordaba de todo, aunque lo había leído, no sé, veinte años atrás.

El educador

Víctor Raúl era un hombre exquisito como intelectual —señala mi tío Roque Benavides—: hablaba inglés, alemán, francés, italiano; conoció a Einstein. No le importaba el aplauso fácil —me dice—; más allá de ser un orador de arengas, era un hombre al que le gustaba dejar un mensaje. Era un educador por esencia, un maestro.

En Trujillo, por 1972, 1973 —recuerda mi tío Roque—, le escuché un discurso de lo más aburrido en ese momento, sobre la estadística. Decía algo así: Lo que diferencia a los países desarrollados de los subdesarrollados es que los desarrollados tienen estadística y saben cómo planificar y hacia dónde ir, porque tienen una base de información. Los países subdesarrollados —nota mi tío Roque— ni siquiera el día de hoy tenemos cifras claras de desnutrición, de empleo, hasta de inflación, y entonces a partir de esas cifras no tan claras tenemos que planificar hacia el futuro.

Ese día, en Trujillo —cuenta mi tío Roque—, el público estaba esperando arengas del político, del hombre que daba un discurso el 22 de febrero (el día de su cumpleaños y el Día de la Fraternidad) en Lima y en Trujillo todos los años. Pero Víctor Raúl no estaba en las arengas sino en la educación.

Era un maestro dedicado, me dice Roque. Así como conversaba con los amigos de mi tía Blanca hasta las dos o tres de la mañana, y con los de mi abuelo hasta las cuatro o cinco (hablando él más de lo que hablábamos nosotros, aclara mi tía Blanca), me explica Roque que se pasaba hasta las cuatro o cinco de la mañana en el Partido Aprista todos los días dictando clase y conversando con la gente porque ésa era la hora en la que estaban libres. Y después llegaba a Villa Mercedes y se dedicaba a escribir. ¿Y a quién? —pregunta Roque—: a sus seguidores: de nuevo a enseñar.

El perseguido

Me cuenta mi abuelo que en el año 1938 o 1939, cuando era un alumno de segundo año de Ingeniería, fue a la casa de su tío Augusto Benavides porque le había hecho un plano de un terreno detrás de su casa, en lo que ahora es Los Cóndores. El tío Augusto se lo había pedido, pues quería denunciar el terreno para poder construir otras casas. Cuando llegó, el tío Augusto lo invitó a pasar para que conozca a unos señores. “Te presento al señor Haya de la Torre”, le dijo.


El Mariscal Óscar R. Benavides, cuñado del tío Augusto y entonces presidente del Perú, quería tomar preso a Haya de la Torre. ¿Qué hacía el tío Augusto escondiendo a la directiva del APRA? No dije una palabra —me confiesa mi abuelo—, pero Víctor Raúl empezó a preguntar que cómo iba a quedar el proyecto de las casas, y yo no pude cortar la conversación.

Mi abuelo llegó tarde a comer a su casa, a eso de las nueve de la noche. Cuando su papá le preguntó por qué se había demorado, le explicó que había estado con unos amigos del tío Augusto. No quería decir con quién —me cuenta—; no quería delatar a Víctor Raúl. Ah —le dijo su padre—, seguro que era Víctor Raúl Haya de la Torre. Dice Óscar que ahí está bien, que en la casa de Augusto está bien cuidado y no va a hacer ningún lío.

Quizá el futuro del APRA se decidió en un almuerzo de familia.

Aristóteles tenía razón

La política no es un trabajo de oficina que comienza a las siete de la mañana y termina a las cinco de la tarde. Es una vocación que tiene la mala costumbre de no respetar las puertas cerradas, ni esperar mientras uno almuerza. Parece que Víctor Raúl no cerraba bien la puerta de la casa de mis abuelos, porque la política, aunque no se hablara, terminó colándose en los almuerzos.

La relación con Mercedes funcionaba al margen de la política, pero su esposo Eduardo Ganoza fue segundo vicepresidente durante el mandato de José Bustamante y Rivero (1945-1948). Haya se unió con el Mariscal Benavides para formar el Frente Democrático Nacional pero, por razones políticas, no podía poner a ningún aprista de candidato. Por ello colocó a un miembro de su familia.

Es más: ya que mi abuelo había sido teniente alcalde de Lima en las épocas de Morales Bermúdez, cuando se llamó a elecciones municipales en el Gobierno de Belaunde, Haya le dijo que si se lanzaba de alcalde de Lima el APRA lo apoyaría. Mi abuelo respondió que de ninguna manera, pero que muchas gracias.

Más allá de la política, Haya era un hombre de familia… pero no mantuvo a su familia completamente ajena a la política. Más allá de la política, era un educador… pero educaba dando discursos en plazas, conversando en el Partido Aprista, escribiendo libros políticos. Haya no quiso cerrarle la puerta a la política, pero tampoco pudo. La política lo perseguía, y por ello sus relaciones personales incluyen anécdotas simpáticas como la de mi abuelo en Los Cóndores, pero también el sufrimiento que implica el no poder ver a la gente que quieres por miedo a que te maten o apresen.











El sufrimiento del animal político



El 2 de agosto de este año se cumplieron treinta años de la muerte de Víctor Raúl y coincidió que mi tío Roque estaba en Trujillo, por lo que fue a visitar la tumba de su tío.





Está por supuesto la piedra en el cementerio de Miraflores —describe Roque—, que dice simplemente “Víctor Raúl, 2 de agosto del año 1979”. En el piso hay otra piedra que dice Raúl Haya, nacido en tal año, muerto en 1934, época en la que Haya de la Torre estaba perseguido por el Mariscal Benavides. No pudo ir al entierro de su padre. Más abajo —me cuenta Roque— está Zoila Victoria de la Torre de Haya, fallecida en 1948, cuando Víctor Raúl estaba en la Embajada de Colombia. Tampoco pudo ir al entierro de su madre.



Como dice mi tío Roque, Víctor Raúl fue un hombre que sufrió mucho en su vida política, cosa que impactó al hombre más allá del político: su factor humano, su persona, su relación con su familia. Podemos discutir sus ideas —continúa Roque—, podemos decir que no eran lo más prácticas del mundo, pero nadie puede negar que dedicó su vida a lo que él creía. Ese hombre estaba tan enamorado de la política y era tan apasionado de la política que lo dejó todo por la política.



Buscando a Haya más allá del APRA, conversé con el tío Víctor Raúl, el que había conocido mi familia. Pero los recuerdos de una casa donde no se habla de política me han llevado de nuevo a las plazas de los libros de historia, y a los subtítulos “APRA” y “Política del siglo XX”. No se puede hablar de Víctor Raúl Haya de la Torre sin hablar de política. Haya creía en la política, y por ello era ante todo, y a costa de todo, un animal político.


domingo, 3 de enero de 2010

1879 y 2009 la geopolítica chilena 130 años después

(…) Vale la pena destacar que los temores peruanos y bolivianos sobre una supuesta política agresiva de Chile probaron ser completamente infundados. El gobierno no albergaba ningún plan siniestro. La superioridad naval era un simple resguardo nacional y no fue empleada para dar ningún golpe ni ejercer amenaza.

Historiador chileno Sergio Villalobos acerca del armamentismo

chileno previo a la Guerra del Pacífico.

Chile, al no poseer demandas territoriales con sus vecinos ni tampoco ejercer una política de potencia hegemónica sobre el espacio regional o vecinal, ni menos aún una de expansión ideológica fuera de sus fronteras, no genera amenaza para la paz internacional. No existen fundamentos que permitan a Perú “acusar” a Chile de estar embarcado en una carrera armamentista.

Geoestratega chileno Cristian Leyton acerca del armamentismo chileno actual.


Por Daniel Parodi Revoredo (*)


Las fricciones que intermitentemente afectan las relaciones bilaterales peruano-chilenas parecen distintas puestas en escena del mismo libreto. Por ello es importante comprender que los acontecimientos concretos –como el escándalo de espionaje– remiten a políticas de Estado que Chile viene aplicando desde sus inicios republicanos.

Así, la década anterior a la Guerra del Pacífico, el país del sur emprendió una carrera armamentística que en 1874 le permitió obtener la supremacía naval en el Pacífico, gracias a la compra de los blindados Cochrane y Blanco Encalada. Sin embargo, y a pesar de que dichos acorazados le dieron la victoria en la contienda militar, la historia oficial chilena sostiene que la adquisición de los navíos formó parte de una política disuasiva que se opuso al fantasma de la conspiración peruana.

El discurso del “armamentismo disuasivo” reaparece en los tiempos actuales junto con el gasto de millones de dólares en compra de armas. Así, so pretexto de la modernización del equipo bélico y de la defensa de las fronteras, una millonaria inversión económica espera la ocasión para mostrar su efectividad.

Es cierto que hoy no parecen presentes las variables necesarias para un enfrentamiento armado, pero también lo es que Chile es un estado dotado de una tradición geopolítica altamente profesionalizada que anticipa escenarios futuros, posibles o probables. Por eso creemos que la coyuntura que rodeará el fallo de La Haya pondrá a prueba a los actores políticos chilenos y confrontará dos tendencias: una, el “cosmopolitismo” que acompaña la integración a los mercados mundiales y, la otra, que azuza un nacionalismo trasnochado y que se muestra reacia a asimilar una derrota en la Corte Internacional de Justicia.

En todo caso, diese la impresión de que ante a la proactiva geopolítica chilena el Perú fuese un espectador pasivo sin energías suficientes para actuar. Ya es hora pues de que el Estado defina sus objetivos geopolíticos a corto, mediano y largo plazo, independientemente de lo que Chile haga o deje de hacer.

Hace unos años se generó una controversia en el Perú debido a que Chile patentó diversas variedades de papa. Sin embargo, hasta hoy no existe una oficina centralizada de denominaciones de origen del Estado. Pensar el país, y su relación con los estados limítrofes, es también una labor que debe sistematizarse y profesionalizarse en el Perú, para así adoptar políticas acordes con los procesos regionales y mundiales en curso.


(*) Pontificia Universidad Católica del Perú


miércoles, 8 de julio de 2009

Un siglo de paros


Por Antonio Zapata
Esta semana es especialmente movida. Luego del baguazo y la oleada huelguística en la sierra sur, tendremos un virtual paro nacional con la CGTP irrumpiendo en el escenario. Los voceros gubernamentales argumentan la presencia de una conspiración extranjera detrás de los movimientos sociales del último período. En realidad, los paros nacionales son políticos, porque buscan alterar la correlación de fuerzas y de este modo cambiar los planes del gobierno. Por ello, una lectura fácil los identifica con una supuesta conspiración extranjera, ya que los huelguistas actuarían para impedir el desarrollo nacional, objetivo natural de los enemigos de la patria.
Durante el siglo XX, el Perú tuvo dos paros nacionales muy importantes, uno en 1919 y el otro en 1977. El primero conquistó la jornada de las 8 horas, mientras que el segundo aceleró el retorno del país a la democracia. Pero, ambos compartieron un duro costo para los trabajadores. Veamos.
El paro de las 8 horas fue en enero de 1919. Tres días de lucha lograron una ley que declaró obligatoria la nueva jornada laboral. Los trabajadores estuvieron unidos e impusieron la medida de fuerza. No circulaba por Lima ningún vehículo salvo los autorizados por el comité de huelga. Los estudiantes ofrecieron su local para las reuniones y fueron mediadores. El papel principal correspondió a Víctor Raúl Haya de la Torre, que obtuvo del presidente José Pardo la aceptación de la demanda obrera. Por su parte, los trabajadores respondían a la ideología anarco sindicalista y tuvieron grandes dirigentes como Adalberto Fonkén, Manuel y Delfín Lévano, etc.
Pero los trabajadores de 1919 tuvieron una evaluación demasiado optimista de la debilidad del régimen. Por ello, planearon una segunda huelga denominada de las subsistencias. El reclamo fue contra el elevado costo de los productos alimenticios. Sin embargo, se interpuso el calendario electoral. Las presidenciales fueron en mayo de ese año y para ese mismo mes se programó la segunda huelga. La atención del público estaba puesta en la escena política y el paro fue un fracaso. La huelga fue derrotada por el gobierno y sus dirigentes sufrieron dura represión.
Los sucesos de 1977 guardan cierta semejanza. El presidente Francisco Morales Bermúdez venía conversando con los partidos la convocatoria a una Asamblea Constituyente, como paso previo al retorno de los militares a sus cuarteles. Asimismo, había realizado un ajuste estructural de la economía que afectó sensiblemente el nivel de vida de los trabajadores. En ese contexto, la CGTP y una serie de federaciones independientes organizaron un exitoso paro nacional el 19 de julio. Sobre todo en los Conos de Lima, donde se desarrollaron grandes movilizaciones, la participación popular fue intensa y paralizó completamente las ciudades peruanas.
Morales respondió acelerando la transferencia del poder. Ese mismo 28 de julio hizo la convocatoria en el mensaje de Fiestas Patrias. Pero, también adoptó una respuesta represiva, despidiendo a cinco mil dirigentes sindicales que constituían la flor y nata del clasismo, un movimiento social y político que englobaba a la izquierda de aquellos días. Así, el gobierno realizó dos movidas: concedió y golpeó.
Desde entonces, los líderes clasistas pugnaron por un nuevo paro que obtenga la reposición de los despedidos. La CGTP fue renuente porque evaluaba que no había fuerzas suficientes. Finalmente, la izquierda radical logró el paro nacional para enero de 1979. Pero, había interferido la escena electoral. Las elecciones fueron en 1978 y la Constituyente estaba sesionando. La gente evaluó que los militares se estaban yendo de una manera pactada y que toda gran huelga podía complicar ese camino. Por eso, no acompañó la convocatoria y el paro fracasó.
Surge de la historia una compleja relación entre la agenda social y la electoral, que puede llevar al fracaso a líderes sociales que no toman en cuenta la coyuntura política nacional. Asimismo aparece que, incluso en el mejor momento del auge huelguístico, el exceso de optimismo ha llevado a serias derrotas. Ellas han sido especialmente costosas para el movimiento popular porque dispersaron liderazgos en formación, como puede suceder ahora si las luchas se desbordan. Es el momento del autocontrol, en caso contrario vendrá el orden represivo.

lunes, 8 de junio de 2009

La ambición sobre nuestras islas guaneras

Por: Rosa Garibaldi*
A principios de agosto de 1852 John Randolph Clay, ministro estadounidense en Lima, supo por el canciller Joaquín José de Osma la noticia más alarmante e increíble de toda su carrera: buques de ciudadanos estadounidenses amenazaban las islas guaneras de Lobos, apoyándose en las garantías extendidas por Daniel Webster (1782-1852), es decir por el mismísimo secretario de Estado. Debía tratarse de un malentendido, aseguró J.R. Clay a de Osma, pero no lo era. Al salir de su reunión, Clay mediante oficio del 7 de agosto le reiteró enfáticamente a Webster que no había duda alguna sobre la jurisdicción del Perú desde épocas inmemoriales sobre las islas en cuestión, iniciando el envío a su gobierno de todas las pruebas históricas y de índole jurídico que la cancillería peruana le entregó.
Ambición e intrigaPronto se enteraría Clay sobre los orígenes del supuesto malentendido. Todo empezó el 5 de junio de 1852 cuando el secretario de Estado Daniel Webster se dejó involucrar en la intriga tramada por Alfred Benson, un prominente comerciante neoyorquino decidido a hacerse del guano peruano, un fertilizante milagroso para las tierras agotadas del sur atlántico de Estados Unidos. Con esto en mente envió a James Jewett, un marino norteamericano, a inspeccionar las islas. A su retorno, Jewett fue puesto al frente de la intriga enviándole un mensaje falso al secretario de Estado. Le dijo que: “Estaba informado que ningún gobierno tiene un derecho legal a estas islas”. El comerciante Benson logró su objetivo, pues el secretario Webster le respondió: “Puede considerarse como deber de este gobierno proteger a los ciudadanos de Estados Unidos que visitarán las islas para obtener guano El Departamento de Estado no tenía conocimiento de que tales islas hubieran sido descubiertas u ocupadas por España o por el Perú El marino estadounidense Benjamin Morrell que había visitado esas islas en setiembre de 1833, podría legalmente ser su descubridor”. Y Webster hizo algo más que ni Benson ni Jewett esperaban: garantizó la protección de la fuerza naval estadounidense para las naves norteamericanas que fueran en busca del guano. Preso de sueños fantásticos de riqueza, Benson reclutó cuanto barco pudo para su expedición. Para agosto, sesenta naves enrumbaron hacia las islas de Lobos, lideradas por una nave “armada hasta los dientes”.
Indicios de amenazaEn junio de 1852, Juan Ignacio de Osma, hermano menor del canciller y encargado de negocios peruano en Washington, se había enterado de la amenaza sobre las islas de Lobos, a través de los avisos publicados en periódicos del noreste. Estos anuncios buscaban contratar naves para cargar guano en las islas de Lobos, protegidos por la escuadra estadounidense. De Osma se quedó atónito cuando el mismo Webster le confirmó verbalmente —se negó a hacerlo por escrito— que Estados Unidos no reconocía el derecho exclusivo del Perú sobre las islas “descubiertas” por el marino estadounidense Morrell (1795-1839).
El 9 de agosto, con la primera nota de protesta de Juan Ignacio de Osma, se desencadenó una enérgica campaña de la legación peruana en Washington y de la cancillería peruana en defensa de la jurisdicción del Perú. Se esgrimieron magistralmente poderosos e irrefutables argumentos históricos y jurídicos y se comunicó la determinación peruana de defender sus islas. En setiembre el canciller Joaquín José de Osma fue enviado como ministro plenipotenciario para reforzar la defensa peruana en Washington. La cancillería fue asumida por José Manuel Tirado. Si bien el cuestionamiento estadounidense no se produjo durante el gobierno de Ramón Castilla, fue el servicio diplomático que Castilla organizó y dejó en funciones el que asumió la defensa de los derechos del Perú.
Conflicto en ciernesJohn Randolph Clay sabía que su solidaridad con el Perú y su enfrentamiento con el secretario de Estado Webster podía llevar a la anulación de su cargo. Aun así, en comunicación del 11 de octubre explicó su posición: “Estoy plenamente consciente que mis comentarios son favorables al título de jurisdicción del Perú y los hago porque es mi deber impedir que (el Gobierno de Estados Unidos) se equivoque en un asunto en que su sentido de justicia lo inducirá, tarde o temprano, a decidir a favor del Perú”.
El peligro de un choque armado entre las naves estadounidenses y peruanas estaba latente. A Clay le corresponde el gran mérito de haberlo impedido. A fines de agosto el decimotercer presidente estadounidense Millard Fillmore (1800-1874) pidió al secretario de la Marina que enviase órdenes al comandante de la escuadra de su país en el Pacífico para que impidiera toda posibilidad de choque armado en las islas de Lobos. Dichas instrucciones fueron remitidas por Clay a Valparaíso pero no alcanzaron al marino.
A inicios de octubre, en frenético esfuerzo contra el tiempo —y a pedido del canciller Tirado— Clay redactó y distribuyó en las islas notificaciones impresas, firmadas por él, a los capitanes de las naves que arribaban. Advertía la ilegalidad de cualquier intento de apropiarse del guano de las islas de Lobos sobre las que el Perú ejercía soberanía. Indicaba a los capitanes dirigirse al Callao para que sus naves fueran contratadas para transportar el guano de las islas de Chincha, por los agentes del Gobierno Peruano. El 16 de diciembre, durante la ausencia de la escuadra estadounidense por un relevo en el mando, Clay redistribuyó un impreso similar entre las naves que seguían llegando.
Las disculpasEl cambio de actitud del Gobierno Estadounidense dependió de la firme resistencia de la diplomacia peruana pero también tuvieron efecto disuasivo las encendidas críticas —domésticas y extranjeras— como las del diario londinense “The Times”. El sentimiento de hostilidad hacia Estados Unidos en Lima se extendió a Santiago de Chile. Finalmente, el 16 de noviembre, el nuevo secretario de Estado Edward Everett (1794-1865) dirigió una nota a Joaquín José de Osma comunicándole que en base a la información recibida del ministro estadounidense Clay y del canciller peruano Tirado, el presidente de Estados Unidos “ha eliminado toda duda en cuanto al título del Perú sobre las islas de Lobos formulada como consecuencia de la inintencional injusticia hecha al Perú debido a una transitoria carencia de información en cuanto a los hechos del caso”.
Poco antes de su muerte, en octubre de 1852, Webster, en carta al presidente Fillmore, reconoció que el asunto de las islas de Lobos fue su peor error durante sus dos períodos como secretario de Estado, y expresó su pesar por haber faltado a la confianza depositada en él. John Randolph Clay, ministro estadounidense en el Perú, recibió un merecido reconocimiento de su gobierno por su extraordinario desempeño y fue ascendido a ministro plenipotenciario. Como era de esperarse, obtuvo la efusiva felicitación del Gobierno Peruano por su actuación imparcial y justa que contribuyó a impedir un conflicto armado entre su país y el nuestro.
La “guanomanía”No resulta extraña la actuación del secretario de Estado Webster, pues para mediados del siglo XIX en los estados del Sur Atlántico existía una auténtica “guanomanía”.
La prensa norteamericana calificaba a nuestro guano “como al oro en valor porque aportaba oro en el mercado”. Los presidentes estadounidenses se convirtieron en defensores del negocio del guano: era el deber del gobierno estadounidense emplear todos los medios a su alcance para que el Perú cambiara su sistema de consignatarios y permitiera la importación directa del guano peruano a precios “razonables”.
Historiadora, diplomática peruana, profesora en la Academia Diplomática del Perú
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